lunes, 17 de septiembre de 2012

Gataflorismos y otras yerbas


“Me molesta que a los demás les vaya bien”.

Cuando se lo escuche decir a una chica del trabajo sentí un puntazo. Honestidad brutal. Honestidad, sin dudas. Pocas personas se atreverían a confesar la particular condición de ser envidios@.

¿Y en qué consiste esta molestia? ¿Hay algún tipo de perjurio personal en el éxito ajeno? ¿Son la falta de autoestima y seguridad en un@ mism@, las que empañan cualquier logro personal en detrimento del ajeno?

Carolina siempre vivió en pareja, casi escapando del hogar materno. Lleva muchos años, prácticamente toda su vida adulta con su pareja. Y con su trabajo. Su simplón trabajo de oficina que odia tanto como su hogar materno. No tiene otras actividades más que el trabajo y hacerse cargo de su casa. No tiene amigas. Se jacta de no tenerlas. Ella siente que las mujeres son aborrecibles en sus vínculos con otras mujeres y tal vez tenga razón, sino fuera porque mira la paja en el ojo ajeno. Porque la realidad es que ella misma es aborrecible para otras mujeres, compitiendo, discutiendo por pavadas, estando deliberadamente en contra de cualquier opinión.

Y quejándose. Quejándose de todo lo que no hace su marido, de lo frustrante que es ese trabajo, de que no sale, de que no puede comprar tal o cual cosa, y una larga lista de etcéteras.

Si alguien le preguntara directamente que es lo que odia tanto de su trabajo, de su pareja o de su madre, seguramente se mostrará indignada, diciendo “Yo amo a mi marido, me encanta mi trabajo y a mi mamá la entiendo mucho”.

Cada vez que alguien en la oficina comenta que se va a ir de vacaciones, ella comenta que ella no, que no puede, que a su marido no le dan vacaciones, pero ¡como le gustaría viajar!, si pudiera, claro. Si alguno la increpa con algún comentario del tipo “andate con una amiga, o sola”, ella se indigna y dice que sin el marido no se va a ninguna parte. Siempre el doble mensaje de querer y no querer.

Como cuando se la pasaba quejándose de tener que vivir pagando un alquiler y luego, tras morir su suegro y heredar de arriba unas cuantas propiedades, vivir quejándose de lo que cuesta mantener la casa propia “porque, claro, si alquilas, le tiras todos los gastos al dueño”.

Y cuando no puede quejarse, compite. Como aquella vez que una vecina le comento “Yo tengo tres hijos” y ella le contesto: “¡Y yo tengo cuatro propiedades!”. O cuando se hizo un tatuaje en el hombro porque vio que la recepcionista tenía uno y los cadetes le decían piropos. No sabía cómo tapárselo, después.

Ocurrió entonces, un buen día en el trabajo, el surgimiento de un puesto jerárquico vacante. Y la decisión para ocupar ese puesto era promover a alguien dentro de la oficina.

Se generó mucho revuelo alrededor del mencionado puesto. Los típicos rumores, gente que abiertamente decía querer el puesto, gente haciendo lobby, lo usual. Algunos haciendo mérito con esfuerzo, otros con ardides. Algunos capaces, otros no tanto.

Ante la pregunta, Carolina siempre respondía que no, que a ella no le interesaba ese puestucho de mierda, con tantas responsabilidades y solo unos pocos pesos mugrosos de diferencia con su sueldo actual. Y, de paso, criticaba a todos aquellos con interés manifiesto en el ascenso.

- Son unas prostitutas, se venden por un par de mangos – le dijo el lunes a un compañero que estaba tratando de negociar el sueldo para ser promovido.

- A mi no me interesa, yo tengo una vida afuera de acá – le dijo el martes a una chica que se la pasaba haciendo horas extras para ser tenida en cuenta.

- A nadie le van a dar ese puesto por su capacidad, sino por llevar y traer chismes – le dijo el miércoles al chico jovencito de finanzas, que se acababa de recibir.

- Si me lo llegan a ofrecer, voy a tener que decir que no, no me puedo quedar después de hora todos los días – dijo el jueves, ya barajando la posibilidad de que le den el puesto.

- No es que no lo quiera, es que no tengo ganas de lidiar con los jefes – dijo el viernes, ya casi manifestando su deseo de ser promovida.

Llegó el fin de semana y en la cabeza de Carolina daba vueltas la idea del ascenso. Que por fin se le diera algo, aunque sea una porquería. Un pequeño cambio en su aplastante rutina. Algo que refregarle en la cara a los idiotas de la oficina. Al idiota de su marido. Y ya que estamos, de su madre también.

Era cierto que nunca se había preocupado por destacar. Y también reconocía que sus malos modos de responder no eran del agrado de sus superiores. Sumémosle que tampoco tenía formación académica ni mostraba interés por algún trabajo en específico. Pero al fin y al cabo, ¿Quién lo tenía? ¿Quién valía realmente la pena, en la oficina, para ese puesto? Y aun hubiera algún caso… no, no podía ser. La sola idea de pensar que otro se quedara con ese puesto era la nausea misma. No importaba que ella no hubiera hecho mérito tampoco. Lo único que importaba era que otro no lo obtuviera.

Lunes. Explayándose con el resto de los compañeros no ascendidos junto a la máquina de café:

- Y no, a mi no me lo iban a dar. Si vas de frente y decís lo que pensás, no te quieren. Acá no te reconocen nada, tanta antigüedad, tanta experiencia. Y bueno, por otro lado yo tengo otras cosas, no podría dedicarle tiempo ni ganas. No, la verdad no me interesaba. Igual me revienta que hayan puesto a ese pelotudo. Esta acomodado. La selección no se hizo de manera transparente. Ya lo decía yo, no te dan ese puesto por la capacidad –

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