“Me molesta
que a los demás les vaya bien”.
Cuando se
lo escuche decir a una chica del trabajo sentí un puntazo. Honestidad brutal.
Honestidad, sin dudas. Pocas personas se atreverían a confesar la particular
condición de ser envidios@.
¿Y en qué
consiste esta molestia? ¿Hay algún tipo de perjurio personal en el éxito ajeno?
¿Son la falta de autoestima y seguridad en un@ mism@, las que empañan cualquier
logro personal en detrimento del ajeno?
Carolina
siempre vivió en pareja, casi escapando del hogar materno. Lleva muchos años,
prácticamente toda su vida adulta con su pareja. Y con su trabajo. Su simplón
trabajo de oficina que odia tanto como su hogar materno. No tiene otras
actividades más que el trabajo y hacerse cargo de su casa. No tiene amigas. Se
jacta de no tenerlas. Ella siente que las mujeres son aborrecibles en sus
vínculos con otras mujeres y tal vez tenga razón, sino fuera porque mira la
paja en el ojo ajeno. Porque la realidad es que ella misma es aborrecible para
otras mujeres, compitiendo, discutiendo por pavadas, estando deliberadamente en
contra de cualquier opinión.
Y
quejándose. Quejándose de todo lo que no hace su marido, de lo frustrante que
es ese trabajo, de que no sale, de que no puede comprar tal o cual cosa, y una
larga lista de etcéteras.
Si alguien
le preguntara directamente que es lo que odia tanto de su trabajo, de su pareja
o de su madre, seguramente se mostrará indignada, diciendo “Yo amo a mi marido,
me encanta mi trabajo y a mi mamá la entiendo mucho”.
Cada vez
que alguien en la oficina comenta que se va a ir de vacaciones, ella comenta
que ella no, que no puede, que a su marido no le dan vacaciones, pero ¡como le
gustaría viajar!, si pudiera, claro. Si alguno la increpa con algún comentario
del tipo “andate con una amiga, o sola”, ella se indigna y dice que sin el
marido no se va a ninguna parte. Siempre el doble mensaje de querer y no
querer.
Como cuando
se la pasaba quejándose de tener que vivir pagando un alquiler y luego, tras
morir su suegro y heredar de arriba unas cuantas propiedades, vivir quejándose
de lo que cuesta mantener la casa propia “porque, claro, si alquilas, le tiras
todos los gastos al dueño”.
Y cuando no
puede quejarse, compite. Como aquella vez que una vecina le comento “Yo tengo
tres hijos” y ella le contesto: “¡Y yo tengo cuatro propiedades!”. O cuando se
hizo un tatuaje en el hombro porque vio que la recepcionista tenía uno y los
cadetes le decían piropos. No sabía cómo tapárselo, después.
Ocurrió
entonces, un buen día en el trabajo, el surgimiento de un puesto jerárquico
vacante. Y la decisión para ocupar ese puesto era promover a alguien dentro de
la oficina.
Se generó
mucho revuelo alrededor del mencionado puesto. Los típicos rumores, gente que
abiertamente decía querer el puesto, gente haciendo lobby, lo usual. Algunos
haciendo mérito con esfuerzo, otros con ardides. Algunos capaces, otros no
tanto.
Ante la
pregunta, Carolina siempre respondía que no, que a ella no le interesaba ese
puestucho de mierda, con tantas responsabilidades y solo unos pocos pesos
mugrosos de diferencia con su sueldo actual. Y, de paso, criticaba a todos
aquellos con interés manifiesto en el ascenso.
- Son unas
prostitutas, se venden por un par de mangos – le dijo el lunes a un compañero
que estaba tratando de negociar el sueldo para ser promovido.
- A mi no
me interesa, yo tengo una vida afuera de acá – le dijo el martes a una chica
que se la pasaba haciendo horas extras para ser tenida en cuenta.
- A nadie
le van a dar ese puesto por su capacidad, sino por llevar y traer chismes – le
dijo el miércoles al chico jovencito de finanzas, que se acababa de recibir.
- Si me lo
llegan a ofrecer, voy a tener que decir que no, no me puedo quedar después de
hora todos los días – dijo el jueves, ya barajando la posibilidad de que le den
el puesto.
- No es que
no lo quiera, es que no tengo ganas de lidiar con los jefes – dijo el viernes,
ya casi manifestando su deseo de ser promovida.
Llegó el fin
de semana y en la cabeza de Carolina daba vueltas la idea del ascenso. Que por
fin se le diera algo, aunque sea una porquería. Un pequeño cambio en su
aplastante rutina. Algo que refregarle en la cara a los idiotas de la oficina.
Al idiota de su marido. Y ya que estamos, de su madre también.
Era cierto
que nunca se había preocupado por destacar. Y también reconocía que sus malos
modos de responder no eran del agrado de sus superiores. Sumémosle que tampoco tenía
formación académica ni mostraba interés por algún trabajo en específico. Pero
al fin y al cabo, ¿Quién lo tenía? ¿Quién valía realmente la pena, en la
oficina, para ese puesto? Y aun hubiera algún caso… no, no podía ser. La sola
idea de pensar que otro se quedara con ese puesto era la nausea misma. No
importaba que ella no hubiera hecho mérito tampoco. Lo único que importaba era
que otro no lo obtuviera.
Lunes. Explayándose
con el resto de los compañeros no ascendidos junto a la máquina de café:
- Y no, a
mi no me lo iban a dar. Si vas de frente y decís lo que pensás, no te quieren.
Acá no te reconocen nada, tanta antigüedad, tanta experiencia. Y bueno, por
otro lado yo tengo otras cosas, no podría dedicarle tiempo ni ganas. No, la
verdad no me interesaba. Igual me revienta que hayan puesto a ese pelotudo.
Esta acomodado. La selección no se hizo de manera transparente. Ya lo decía yo,
no te dan ese puesto por la capacidad –
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