martes, 25 de septiembre de 2012

Aquellos incómodos momentos donde...

Colectivo 80. Lleno. Hora pico.
Minita rosa. Bien rosa, con moños, con flores. Naif. El pelo laaaaacio a lo Grecia Colmenares. Medio gordita. Teclea ansiosamente sobre su Smartphone. Rosa, obvio. Las uñas con glitter destellando en todas las direcciones.
- ¿Javi? ¡Felicitaciones!
- (…)
- ¡Flor!
- (…)
- ¿Cómo que Flor? ¡Flor!
- (…)
-¿Javi? Se cor… parece que se va a cortar. ¿Me escu…? Se cortó…

lunes, 17 de septiembre de 2012

Gataflorismos y otras yerbas


“Me molesta que a los demás les vaya bien”.

Cuando se lo escuche decir a una chica del trabajo sentí un puntazo. Honestidad brutal. Honestidad, sin dudas. Pocas personas se atreverían a confesar la particular condición de ser envidios@.

¿Y en qué consiste esta molestia? ¿Hay algún tipo de perjurio personal en el éxito ajeno? ¿Son la falta de autoestima y seguridad en un@ mism@, las que empañan cualquier logro personal en detrimento del ajeno?

Carolina siempre vivió en pareja, casi escapando del hogar materno. Lleva muchos años, prácticamente toda su vida adulta con su pareja. Y con su trabajo. Su simplón trabajo de oficina que odia tanto como su hogar materno. No tiene otras actividades más que el trabajo y hacerse cargo de su casa. No tiene amigas. Se jacta de no tenerlas. Ella siente que las mujeres son aborrecibles en sus vínculos con otras mujeres y tal vez tenga razón, sino fuera porque mira la paja en el ojo ajeno. Porque la realidad es que ella misma es aborrecible para otras mujeres, compitiendo, discutiendo por pavadas, estando deliberadamente en contra de cualquier opinión.

Y quejándose. Quejándose de todo lo que no hace su marido, de lo frustrante que es ese trabajo, de que no sale, de que no puede comprar tal o cual cosa, y una larga lista de etcéteras.

Si alguien le preguntara directamente que es lo que odia tanto de su trabajo, de su pareja o de su madre, seguramente se mostrará indignada, diciendo “Yo amo a mi marido, me encanta mi trabajo y a mi mamá la entiendo mucho”.

Cada vez que alguien en la oficina comenta que se va a ir de vacaciones, ella comenta que ella no, que no puede, que a su marido no le dan vacaciones, pero ¡como le gustaría viajar!, si pudiera, claro. Si alguno la increpa con algún comentario del tipo “andate con una amiga, o sola”, ella se indigna y dice que sin el marido no se va a ninguna parte. Siempre el doble mensaje de querer y no querer.

Como cuando se la pasaba quejándose de tener que vivir pagando un alquiler y luego, tras morir su suegro y heredar de arriba unas cuantas propiedades, vivir quejándose de lo que cuesta mantener la casa propia “porque, claro, si alquilas, le tiras todos los gastos al dueño”.

Y cuando no puede quejarse, compite. Como aquella vez que una vecina le comento “Yo tengo tres hijos” y ella le contesto: “¡Y yo tengo cuatro propiedades!”. O cuando se hizo un tatuaje en el hombro porque vio que la recepcionista tenía uno y los cadetes le decían piropos. No sabía cómo tapárselo, después.

Ocurrió entonces, un buen día en el trabajo, el surgimiento de un puesto jerárquico vacante. Y la decisión para ocupar ese puesto era promover a alguien dentro de la oficina.

Se generó mucho revuelo alrededor del mencionado puesto. Los típicos rumores, gente que abiertamente decía querer el puesto, gente haciendo lobby, lo usual. Algunos haciendo mérito con esfuerzo, otros con ardides. Algunos capaces, otros no tanto.

Ante la pregunta, Carolina siempre respondía que no, que a ella no le interesaba ese puestucho de mierda, con tantas responsabilidades y solo unos pocos pesos mugrosos de diferencia con su sueldo actual. Y, de paso, criticaba a todos aquellos con interés manifiesto en el ascenso.

- Son unas prostitutas, se venden por un par de mangos – le dijo el lunes a un compañero que estaba tratando de negociar el sueldo para ser promovido.

- A mi no me interesa, yo tengo una vida afuera de acá – le dijo el martes a una chica que se la pasaba haciendo horas extras para ser tenida en cuenta.

- A nadie le van a dar ese puesto por su capacidad, sino por llevar y traer chismes – le dijo el miércoles al chico jovencito de finanzas, que se acababa de recibir.

- Si me lo llegan a ofrecer, voy a tener que decir que no, no me puedo quedar después de hora todos los días – dijo el jueves, ya barajando la posibilidad de que le den el puesto.

- No es que no lo quiera, es que no tengo ganas de lidiar con los jefes – dijo el viernes, ya casi manifestando su deseo de ser promovida.

Llegó el fin de semana y en la cabeza de Carolina daba vueltas la idea del ascenso. Que por fin se le diera algo, aunque sea una porquería. Un pequeño cambio en su aplastante rutina. Algo que refregarle en la cara a los idiotas de la oficina. Al idiota de su marido. Y ya que estamos, de su madre también.

Era cierto que nunca se había preocupado por destacar. Y también reconocía que sus malos modos de responder no eran del agrado de sus superiores. Sumémosle que tampoco tenía formación académica ni mostraba interés por algún trabajo en específico. Pero al fin y al cabo, ¿Quién lo tenía? ¿Quién valía realmente la pena, en la oficina, para ese puesto? Y aun hubiera algún caso… no, no podía ser. La sola idea de pensar que otro se quedara con ese puesto era la nausea misma. No importaba que ella no hubiera hecho mérito tampoco. Lo único que importaba era que otro no lo obtuviera.

Lunes. Explayándose con el resto de los compañeros no ascendidos junto a la máquina de café:

- Y no, a mi no me lo iban a dar. Si vas de frente y decís lo que pensás, no te quieren. Acá no te reconocen nada, tanta antigüedad, tanta experiencia. Y bueno, por otro lado yo tengo otras cosas, no podría dedicarle tiempo ni ganas. No, la verdad no me interesaba. Igual me revienta que hayan puesto a ese pelotudo. Esta acomodado. La selección no se hizo de manera transparente. Ya lo decía yo, no te dan ese puesto por la capacidad –

lunes, 10 de septiembre de 2012

Null

Escribí. Dale, escribí.
¡Escribí!
Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí.
¡Escribí!
¡Escribí!
No dejes de escribir.
No dejes de escribir.
Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí. Escribí.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Once a month...


Hoy me voy a indisponer.

Obviamente, no es premonición, es una realidad que sucede mes tras mes.

Hoy me voy a indisponer.

Me empezó a cambiar el humor anoche. A seguir líneas inconexas en los extraños laberintos de mi mente. Todo teñido de una extraña emotividad o súbito enojo. Da paso luego al “estado de enojo” que me duró toda la noche. A la mañana dije una de esas frases edificantes, ilustrando la verdadera causa del enojo, pero ya, sin enojo.

- Lo que pasa es que vos nunca estás para mí, y yo siempre estoy para vos. Vos no estás para mí ni para prestarme diez pesos, ni para hacerme algo de comer cuando llego tarde… No estás.

Realidad. Pura. Sin enojo.

Luego vino un momento paranoide, porque veo el calendario y habla por sí mismo. Hoy me “tengo” que indisponer. Y si no me indispongo… estoy en el horno. Tengo un breve momento donde describo para mí misma por que estaría en el horno. No es para mí. No puede pasar. Tengo un DIU que es como tener un plazo fijo a cinco años. Realidad. Sin enojo.

Al mediodía tuve un leve malestar en la “panza” que para ser más específica es el útero. Y ahora me siento cansada, esperando que suceda…

Estoy en el trabajo. Estoy trabajando y me estoy durmiendo. Cabeceo. Me despierto un poco con alguna que otra oleada de dolor de “panza”. Recuerdo… A la mañana tuve ganas de comer fruta, y comí, comí ¡con unas ganas! Experimenté la fruta desde un lugar casi lisérgico. Era la mejor fruta, el sabor más extraordinario, ¡que colores!, ¡que textura! Las cosas increíbles que nos hacen vivir ciertas hormonas…

Ahora se me antoja más un chocolate. Algo híper calórico. E híper azucarado.

Hoy me voy a indisponer.

¡Que suceda de una vez!

miércoles, 5 de septiembre de 2012

S.A.


Así. Achatada. Aplastada. Arrugada. Aburrida.

Todos los días, ocho horas del día. Así me deja. La corporación. La verdadera dueña de este mundo. Su afán de uniformar, de invisibilizar, de cubrir las cuestiones más groseras con buenos modales.

Aburguesada. Apagada. Acongojada. Asustada.

Bruta, brutal.

Consciente con culpa.

Demente, delirante, delirada…

Uno de estos días, como el de hoy. No hay actividad, no hay trabajo. Pero hay que aparentar la postura. Que parezca. Cubrir la vacuidad con actitud proactiva.

Desocupada.

Enloquecida, envilecida, ¿entregada?

Fantasma…

¡Grotesca!

El poder invisible, ocho horas al día, cuarenta horas a la semana, aproximadamente ciento sesenta horas al mes (según el mes). Ataque terrorista a la creatividad, inminente.

Genuflexión grupal.

Helado hermetismo.

Informaciones inútiles… incompletas.

Juntas.

Kermese kantiana.

Literalidad.

Monstruosa mentalidad morbosa. Miedo. Mutuo.

Y,  tal vez, las sombrías expresiones de todos los actores de reparto en esta obra del tedio, aporten su cuota de infelicidad en adición a la mía. De insatisfacción. Frustración.

Meticulosas métricas. Mentiras.

Nimiedades notorias. Negaciones.

Obviedades.

Habrá que resistir desde las paredes del pensamiento. Habrá que sostener mientras se pueda, o abandonar la pelea y unirse a los rebeldes.

Oscura.

Potencialmente peligrosa.

¿Quién? ¿Qué?

Resistir…  Realidad rota.

Saboteada.

Triste, terrible.

Eslabones de una cadena hacia la nada. Torre de Babel de jerarquías innecesarias. Demasiados sueldos para justificar en la burocrática estructura.

Temible.

¡Usurpadora!

Virtual.

Weberiana.

¿Xenofoba? Xerofagia.

Yugo yermo. Yunque. Yanaconazgo.

Zarathustra zurrado. Zorros, zoquetes, zánganos. Zombie…

lunes, 3 de septiembre de 2012

Y todo por una bombacha.


La génesis de todo esto comenzó con una bombacha. Si, parece mentira que tan diminuto trozo de género fuera a provocar la debacle. Pero a veces, en cuanto a vínculos entre mujeres se refiera, las cosas más nimias adquieren la importancia y el volumen de mundos completos.

Para ejemplificar esto vamos a nombrar a los personajes de esta historia. Tenemos a una chica a la que vamos a nombrar Ana que vive con su hijo, es madre soltera, en un modesto departamento suburbano. Y tenemos a su contraparte, a quien vamos a llamar Lucrecia, una soltera con algunos problemas vinculares y buenos ingresos económicos. Un día Lucrecia abandona el departamento de cierto hombre (rompiendo un contrato de alquiler junto con una suerte de relación sentimental) y se encuentra sola, situación deleznable por mujeres como ella y, en lugar de enfrentar la posibilidad de alquilarse algo por su cuenta y vivir sola decide ir a lo de su amiga Ana y “darle una mano con los gastos”.

Para Ana, la llegada de Lucrecia es un alivio llegado del cielo. Cuesta mucho pagar el alquilar, los gastos del nene, sus propios gastos y, por qué no decirlo, está bueno volver a casa y encontrarse con una amiga y no sentirse sola tampoco. No hay nada más horrible en el mundo que estar sola, por eso, ella decidió tener a su chiquito, aunque tenía nada más que dieciséis años cuando quedó embarazada, para no estar sola nunca más.

Y así se va dando la convivencia entre ambas, Lucrecia pidiendo delivery todos los días, quitándose de encima la ropa que ya no le gusta para regalársela a Ana, sacándola a dar vueltas por los boliches de onda. Ana, quien nunca se había manifestado materialista a fuerza de no poder solventarlo, repentinamente muere por ese estilo de vida, todas esas prendas de marca y zapatos de moda. Muere por volver de trabajar y comer sushi con su amiga. Lucrecia es una especie de hada madrina, dadora de placeres mundanos de toda clase, peluquería incluida. Para Lucrecia, la única forma de vincularse que más o menos le resulta efectiva es a través de los bienes materiales. Para que hablar, si se puede decir mejor con un buen reloj o un par de aros haciendo juego.

Pero Lucrecia empieza a sentir cosas, cosas que podría hablar, pero no puede. No sabe cómo. Lucrecia se asfixia bajo la máscara de “dadora de felicidad” que decidió tomar. La máscara de rigidiza, se cristaliza en una realidad, en un vínculo, donde ella será la eterna dadora y Ana, la beneficiada que recibe. Pero no puede hablar, lo siente, pero no lo puede expresar. Reacciona. Es lo único que sabe hacer. Reacciona con el dinero, porque lo conoce bien. Y reacciona, porque de pronto está saliendo con alguien de nuevo, y siente que tiene que virar en esa dirección. Que tiene que llevar la felicidad y los bienes materiales para ese costal. Porque (a esta hora el lector ya debería saberlo) no hay nada más horrible en este mundo que estar sola, sola sin perro que te ladre siquiera.

Ana vuelve del trabajo con un catalogo de ropa interior que vende una compañera. Lucrecia, en su avidez de consumo, elije una preciosa bombacha roja, con lazos a los costados, bien putona, ya que ahora tiene chongo nuevo.

Y paulatinamente, deja de haber sushi arriba de la mesa. O donativos de botas de marca. O la presencia de Lucrecia los fines de semana. De pronto ya no parece tan buena idea vivir con una amiga. O mejor dicho, de pronto la amiga prácticamente no está más.

Las cosas se ponen tirantes pero ninguna da el puntapié para iniciar la charla. Lucrecia hace la suya, sale con el chongo, se revienta el sueldo en cosas innecesarias. Ana le traba la puerta cuando se va a dormir, le recrimina cosas todo el tiempo. Ninguna ataca el punto, ninguna expone abiertamente el problema.

Lucrecia sabe que puso, económicamente hablando, todo lo que había que poner. Y sabe, que no está entre sus obligaciones. Los reproches de Ana son fastidiosos y fuera de lugar. Preguntarle qué le pasa o como se siente es tocar una puerta que Lucrecia no quiere abrir. Por lo tanto, en cuanto ve una posibilidad de mudarse a otro lado lo hace con todo gusto.

Ana ve con buenos ojos que Lucrecia se mude. Ya no se la aguantaba más con su frivolidad y sus pavadas. Al fin y al cabo, ella es madre, tiene cosas más importantes que hacer. Que se vaya. Que se la banque el chongo.

Pero a la hora de la despedida, hay lágrimas, hay emoción. Ambas se prometen que se van a extrañar y que fue buena la experiencia. Que no se corte… Nos vemos el finde que viene… Llamame, no te cuelgues… Las típicas muletillas.

Quince días después, Ana recibe la bombacha. Roja, con lazos, bien putona. La chica del trabajo le dijo “son cincuenta pesos”. Ana trata de ubicar a Lucrecia. No le atienden el celular. No contestan los mensajes. Trata de ubicarla mediante amigas en común. A Lucrecia se la tragó la tierra. Con toda la bronca del mundo, Ana, paga por la dichosa bombacha, pero también se encarga de que se entere todo el mundo. Y así aparecen publicaciones de Facebook, mensajes a las amigas en común, vociferaciones varias acerca de cómo Lucrecia la cagó con una bombacha.

Ana lamentándose que su paupérrima situación económica no le permite darse los gustos, encima, para no quedar mal con la chica del trabajo, tener que sacar dinero de su bolsillo, para pagar las boludeces de esta mina que vive en una nube de pedos.

- Claro, ella tenía plata como para comprarse cinco pares de zapatos por día. Yo, que no tengo un mango, le tuve que pagar la chabomba. No es por la plata… ¡me molesta la actitud!

La actitud. Caballito de batalla de las discusiones irresueltas. Sinécdoque de “me revienta que me hayas colgado por un chongo, que me hayas quitado un estilo de vida lleno de sushi y zapatos, que te hayas borrado sin decirme adonde y, encima,  tener que garparte la bombacha”.

El día del amigo del año siguiente, todo el grupo se junta a comer. En cuanto Ana ve a Lucrecia acercarse a la mesa, se levanta y se va. Previamente todas las concurrentes habían escuchado por enésima vez la historia de la deuda de la bombacha.

Han pasado cuatro o cinco años de este evento. Al día de hoy, en el grupo de amigas quedo grabada para siempre la secuencia de Ana y Lucrecia peleándose por una bombacha. Nadie se acuerda ya, de la dinámica de aquella convivencia. La bombacha tomo vida propia. Lucrecia no se hace cargo de la situación. A Ana no se lo podés nombrar porque explota. Nunca más las pudieron juntar en la misma mesa. Y todo por una bombacha…