La génesis
de todo esto comenzó con una bombacha. Si, parece mentira que tan diminuto
trozo de género fuera a provocar la debacle. Pero a veces, en cuanto a vínculos
entre mujeres se refiera, las cosas más nimias adquieren la importancia y el
volumen de mundos completos.
Para
ejemplificar esto vamos a nombrar a los personajes de esta historia. Tenemos a
una chica a la que vamos a nombrar Ana que vive con su hijo, es madre soltera,
en un modesto departamento suburbano. Y tenemos a su contraparte, a quien vamos
a llamar Lucrecia, una soltera con algunos problemas vinculares y buenos
ingresos económicos. Un día Lucrecia abandona el departamento de cierto hombre (rompiendo
un contrato de alquiler junto con una suerte de relación sentimental) y se
encuentra sola, situación deleznable por mujeres como ella y, en lugar de
enfrentar la posibilidad de alquilarse algo por su cuenta y vivir sola decide
ir a lo de su amiga Ana y “darle una mano con los gastos”.
Para Ana,
la llegada de Lucrecia es un alivio llegado del cielo. Cuesta mucho pagar el
alquilar, los gastos del nene, sus propios gastos y, por qué no decirlo, está
bueno volver a casa y encontrarse con una amiga y no sentirse sola tampoco. No
hay nada más horrible en el mundo que estar sola, por eso, ella decidió tener a
su chiquito, aunque tenía nada más que dieciséis años cuando quedó embarazada,
para no estar sola nunca más.
Y así se va
dando la convivencia entre ambas, Lucrecia pidiendo delivery todos los días, quitándose
de encima la ropa que ya no le gusta para regalársela a Ana, sacándola a dar
vueltas por los boliches de onda. Ana, quien nunca se había manifestado
materialista a fuerza de no poder solventarlo, repentinamente muere por ese
estilo de vida, todas esas prendas de marca y zapatos de moda. Muere por volver
de trabajar y comer sushi con su amiga. Lucrecia es una especie de hada
madrina, dadora de placeres mundanos de toda clase, peluquería incluida. Para
Lucrecia, la única forma de vincularse que más o menos le resulta efectiva es a
través de los bienes materiales. Para que hablar, si se puede decir mejor con
un buen reloj o un par de aros haciendo juego.
Pero
Lucrecia empieza a sentir cosas, cosas que podría hablar, pero no puede. No
sabe cómo. Lucrecia se asfixia bajo la máscara de “dadora de felicidad” que
decidió tomar. La máscara de rigidiza, se cristaliza en una realidad, en un
vínculo, donde ella será la eterna dadora y Ana, la beneficiada que recibe.
Pero no puede hablar, lo siente, pero no lo puede expresar. Reacciona. Es lo único que sabe
hacer. Reacciona con el dinero, porque lo conoce bien. Y reacciona,
porque de pronto está saliendo con alguien de nuevo, y siente que tiene que
virar en esa dirección. Que tiene que llevar la felicidad y los bienes
materiales para ese costal. Porque (a esta hora el lector ya debería saberlo) no
hay nada más horrible en este mundo que estar sola, sola sin perro que te ladre
siquiera.
Ana vuelve
del trabajo con un catalogo de ropa interior que vende una compañera. Lucrecia,
en su avidez de consumo, elije una preciosa bombacha roja, con lazos a los
costados, bien putona, ya que ahora tiene chongo nuevo.
Y
paulatinamente, deja de haber sushi arriba de la mesa. O donativos de botas de
marca. O la presencia de Lucrecia los fines de semana. De pronto ya no parece
tan buena idea vivir con una amiga. O mejor dicho, de pronto la amiga
prácticamente no está más.
Las cosas
se ponen tirantes pero ninguna da el puntapié para iniciar la charla. Lucrecia
hace la suya, sale con el chongo, se revienta el sueldo en cosas innecesarias.
Ana le traba la puerta cuando se va a dormir, le recrimina cosas todo el
tiempo. Ninguna ataca el punto, ninguna expone abiertamente el problema.
Lucrecia
sabe que puso, económicamente hablando, todo lo que había que poner. Y sabe,
que no está entre sus obligaciones. Los reproches de Ana son fastidiosos y
fuera de lugar. Preguntarle qué le pasa o como se siente es tocar una puerta
que Lucrecia no quiere abrir. Por lo tanto, en cuanto ve una posibilidad de
mudarse a otro lado lo hace con todo gusto.
Ana ve con
buenos ojos que Lucrecia se mude. Ya no se la aguantaba más con su frivolidad y
sus pavadas. Al fin y al cabo, ella es madre, tiene cosas más importantes que
hacer. Que se vaya. Que se la banque el chongo.
Pero a la
hora de la despedida, hay lágrimas, hay emoción. Ambas se prometen que se van a
extrañar y que fue buena la experiencia. Que no se corte… Nos vemos el finde
que viene… Llamame, no te cuelgues… Las típicas muletillas.
Quince días
después, Ana recibe la bombacha. Roja, con lazos, bien putona. La chica del
trabajo le dijo “son cincuenta pesos”. Ana trata de ubicar a Lucrecia. No le
atienden el celular. No contestan los mensajes. Trata de ubicarla mediante
amigas en común. A Lucrecia se la tragó la tierra. Con toda la bronca del
mundo, Ana, paga por la dichosa bombacha, pero también se encarga de que se
entere todo el mundo. Y así aparecen publicaciones de Facebook, mensajes a las
amigas en común, vociferaciones varias acerca de cómo Lucrecia la cagó con una
bombacha.
Ana
lamentándose que su paupérrima situación económica no le permite darse los
gustos, encima, para no quedar mal con la chica del trabajo, tener que sacar
dinero de su bolsillo, para pagar las boludeces de esta mina que vive en una
nube de pedos.
- Claro,
ella tenía plata como para comprarse cinco pares de zapatos por día. Yo, que no
tengo un mango, le tuve que pagar la chabomba. No es por la plata… ¡me molesta
la actitud!
La actitud.
Caballito de batalla de las discusiones irresueltas. Sinécdoque de “me revienta
que me hayas colgado por un chongo, que me hayas quitado un estilo de vida
lleno de sushi y zapatos, que te hayas borrado sin decirme adonde y, encima, tener que garparte la bombacha”.
El día del
amigo del año siguiente, todo el grupo se junta a comer. En cuanto Ana ve a
Lucrecia acercarse a la mesa, se levanta y se va. Previamente todas las
concurrentes habían escuchado por enésima vez la historia de la deuda de la
bombacha.
Han pasado
cuatro o cinco años de este evento. Al día de hoy, en el grupo de amigas quedo
grabada para siempre la secuencia de Ana y Lucrecia peleándose por una
bombacha. Nadie se acuerda ya, de la dinámica de aquella convivencia. La
bombacha tomo vida propia. Lucrecia no se hace cargo de la situación. A Ana no
se lo podés nombrar porque explota. Nunca más las pudieron juntar en la misma
mesa. Y todo por una bombacha…