miércoles, 17 de abril de 2013

Friendzoned

Y acá estoy, haciendo de cuenta que soy tu amigo otra vez. Por enésima vez. Esta vez, en particular, porque no conseguiste ese trabajo. Y te sentís mal. Porque te trataron mal. Y por supuesto, voy a estar ahí para vos.
Contame, contame todo lo que paso. Quiero saber el nombre del que te hizo llorar. No importa, tal vez soy incapaz de ir a pegarle o apretarlo, tal vez ni siquiera soy capaz de rayarle el coche con una llave, pero contame igual. Capaz no fue para tanto y no te hicieron llorar ni un poco. Pero, ¿quién va a ser el héroe en mi fantasía sino?
A esta altura no se qué te estarás imaginando. Que soy gay. O que me pareces una mina horrible. Prefiero que pienses lo primero, de ninguna manera quiero que creas que sos una mina horrible, ni que yo lo pienso. Pero mas allá de lo que yo prefiero, seguramente debés estar creyendo más en esa posibilidad: de que yo te creo fea antes que en la de ser homosexual. Porque obviamente no te digo nada, ni un halago, y encima ando con otras minas. Ni loco te digo lo bien que te queda lo que tenés puesto, ni que me imagino sacándotelo. No te puedo avanzar de ninguna forma. A ver si pensás que soy un goma, encima.
Y aparte, vos tenés novio. Y encima tu novio es un buen pibe, me cae re bien. No quiero que tu novio crea que te quiero voltear, por más que sea cierto. De alguna forma no se tiene que notar bajo ningún concepto todo lo que me gustás… y por otro lado quiero que lo sepas. Y que no lo sepa nunca tu novio. ¿Con quién voy a ir a la cancha si se entera?
A veces soy tan humano que me doy miedo. Tan feliz o enojado, tan extremo. Cuando me doy cuenta que estar cerca tuyo me pone nervioso, celoso, amargado, triste o incluso, me hace sentir mortal, finito, exiguo. Porque tal vez estar con vos sea la eternidad, sea tocar el cielo con las manos. Pero no lo sé. Porque lo único que conozco es como funciona haciendo de cuenta que soy tu amigo, y enfatizo la frase “haciendo de cuenta”.
Histeriqueándote. Haciéndote enojar con pavadas, como si fueras una hermana o una prima. Y alguna que otra vez, incluso, lastimándote. Lo que tenga a mano para evitar que pienses lo que en realidad es cierto. Como aquella vez que me salió del alma un “te quiero” y termine diciéndote que estabas gorda. Tenía que decir algo bien fuerte para que te olvidaras de lo que se me había escapado.
Y en definitiva, no encuentro salida a la situación. Todos mis mecanismos están puestos de tal forma que nunca sepas lo que me pasa. Algún día, sueño, vas a venir y me vas a declarar tu amor. Te separarás, o no. Pero va a suceder un momento de anagnórisis y te vas a dar cuenta de todo. Y tal vez tengas en cuenta mi silencio, el tiempo, mi sufrimiento y me vas a dar una oportunidad. O tal vez te vaya a parecer demasiado creepy y no me vas a querer ver más en tu vida.



martes, 9 de abril de 2013

La crisis de los treinta

Así son las cosas, como enfrentarte a la hoja en blanco y tener que tomar la decisión de organizar un texto así o asá ante la incertidumbre. Enfrentar la frustración todos los días. Esta sensación de incomodidad, de falta de certeza, inconformismo, falta de autenticidad, desfasaje de la realidad, irrealidad inclusive, desazón, llevando un estilo de vida que no quiero y todavía no sé como hice para lograrlo.
Todos los días, jugar el rol, anularse, actuar a ser el empleado, el peón, conforme, agradecido y feliz por la maravillosa participación en la empresa, que, para que te sientas bien, no te llama “empleado” sino “colaborador”.
Porque aquí se hace explosión de los eufemismos. Aquí no hay “quejas”, hay “reclamos”, por ejemplo. Aquí para decirte que hiciste un trabajo espantoso, primero te recuerdan cuando hiciste uno bueno (si es que alguna vez lo hiciste, o si tienen la decencia de recordarlo), sino, simplemente destacarán que señalan los errores para que “te superes” y nunca para “reprenderte”.
Y la pregunta remanente es: ¿Qué hago? ¿Qué hago yo acá? Si mi distanciamiento psicológico y moral va a provocar siempre la crítica a semejante estructura burócrata y mediocre. ¿Qué estoy haciendo?
Hoy he llegado a la conclusión con mi terapeuta que estoy atravesando la dichosa crisis de los treinta. Algo que dije en chiste, pero resultó ser… real.
-          Doc, ¿no será que toda esta frustración es la crisis de los treinta?
-          Efectivamente, cuando no se trata de una crisis personal, sino de superación laboral, de esquemas de planificación de la vida, etc., casi siempre suelen darse a ciertas edades y por eso se etiquetan como “crisis de...”
-          ¡Yo lo decía en joda, doc!
Ergo, pareciera que estoy a mitad de camino de terminar de desenmarañar qué demonios quiero de esta vida y como diantres quiero vivirla. Y ahí la flasheo…
“Vendo todo y me voy. Me voy a dar vueltas por el mundo hasta que me encuentre en una epifanía mística y sepa profundamente en mi interior la razón de mi vida, o hasta que me pinte.”
“Tendría que ponerme a hacer todo lo que no hice y siempre quise hacer, por ejemplo tocar en una banda punk, o ser acróbata en un circo itinerante”.
Me da dolor de estómago. Todo me da dolor de estómago. Mi familia me da dolor de estómago, principalmente. Los temas no resueltos, los bienes en común, las cosas que todos queremos decir, pero nadie tiene las agallas, la celulada alienación de la que formo parte dentro de mi familia, todo, me mata el estómago.
Pero ahora parece que todo se explica mediante la crisis de los treinta. Los problemas de pareja, habitacionales, laborales, familiares. Todo cuadra dentro de este fenómeno socio-psicológico.
Finalmente, como aliciente no me sirve de nada. Seguiré padeciendo o quejándome. O las dos cosas. Hasta que llegue el deus ex machina que me cambie la vida.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Lo que nos pasó


Pero querida… que fue lo que nos pasó. Que paso con las alegrías, con las salidas nocturnas, tantas confidencias, tanta borrachera… No entiendo que nos pasó.
No me puedo olvidar, aunque pretenda. Aunque me ande juntando con pibitas de veinte a las que les llevo diez años o más. Aunque me hayas buscado un reemplazo y te andes haciendo la mejor amiga inseparable de otra. De otra que no puedo ver, que me resulta insoportable.
¿Nosotras éramos amigas? ¿Fuimos amigas, alguna vez? Fuimos conocidas, sin duda. Hubo un momento donde fuimos conocidas. Donde nos encontrábamos de casualidad en algunos lugares. Y “nos codeábamos”. Teníamos gente conocida en común. Salíamos con esa gente y nos encontrábamos. Y un codazo por acá y un codazo por allá. Me caías bien. Al principio me caías genial. Tu onda, tu forma de ser, tus comentarios sarcásticos. Yo creo que te caía bien también. Te reías. Te reías un montón conmigo. Y de a poco ya no necesitamos a los conocidos en común para existir. De a poco nos empezamos a llamar y a arreglar entre nosotras. Y de ahí, a que esté todo mezclado, fue un paso.
A veces creo que me usaste. A veces creo que yo fui una mierda con vos. No sé qué fue lo que nos paso…
Empezamos a mezclar todo, nuestras parejas, nuestros trabajos, nuestros amigos, los amigos de verdad y los “amigos”, los amigos de los amigos. Y me llamabas para que te ayude con un montón de cosas, y yo sentía que te salvaba la vida y me sentía mejor conmigo misma. Yo era popular. Más popular que vos, que preferías retraerte, conservar el bajo perfil. Yo caigo, todavía, con facilidad en la tentación del público, pero a la larga me mata, me suicida. No soporto la pelotudez ajena, la vanidad, la insensatez, la falsedad. Pero yo te cuidé, como si fueras una hermanita. Porque decían puras forradas a tus espaldas. No dejé nunca que se metan con vos, que digan que eras rara, que escondías algo. Que no eras tímida, nada más, sino que eras más bien psicópata.
Un buen día me dejaste de hablar… y te empezaste a juntar con la misma gente que decía esas cosas a tus espaldas.
OK. Mala mía, pensé. Capaz necesitabas tu popularidad también, hacer tu propio circulo. La timidez siempre fue un problema grande para vos, ¡hacete amigos, anda! Yo nunca te voy a contar lo que esa gente dijo de vos. Disfrutá de tu nueva vida social. Sé feliz, me retiro.
Y me retiré… pero vos me dejaste de hablar para siempre. Y nunca entendí si hubo algo. Convengamos que no me cayó nada bien. Yo también te evité y hasta te traté mal en cuanto tuve oportunidad. Por eso no sé si fue que te herí, en mi orgullo de haber sido desplazada. O si pasaba otra cosa.
Y estoy pensando en todo esto que paso hace mil años porque me acabás de llamar. Y me querés ver. No sé que querés. A esta altura, si no se qué fue lo que nos pasó, probablemente es porque me olvidé.
Es el día siguiente. Café. Afuera llueve un poco. Estás entrando por la puerta y yo todavía no se si te quiero matar o te quiero abrazar. Pero nos saludamos discretamente. Mejor así.
Después de ponernos al día con las estupideces del trabajo y de la vida ordinaria en general, no puedo evitar que salga atravesada mi pregunta:
-¿Qué fue lo que nos pasó?
Te quedás rígida. Tal vez pensaste que iba a ser más suave. Que nos íbamos a pasar la tarde hablando pavadas. O que no iba a tener el coraje de lanzarte una pregunta así.
-Lo que nos pasó… - resoplás, evitando mi mirada, derivándola hacia la lluvia del exterior – es complicado lo que nos pasó.
-¿Qué pasó? Creéme que te pregunto porque no sé.
Y te quedás en silencio un segundo que parece un año. Reconstruís la mirada y la dirijís recta a mis ojos. Y disparas, sin importar cuán preparada esté para oírlo.
-Me enamoré de vos, eso nos pasó.
 

viernes, 2 de noviembre de 2012

Con una mano te acaricio y con la otra te fajo


¿Viste esas minas que parecen re copadas, re divinas, re buena onda, pero que de pronto (y en la misma tónica de buen humor) te tiran una frase cargada de mierda?

¿O que parece que te están haciendo un elogio, cuando en realidad te están bardeando?

Alguna vez tuvimos el segundo de turbación ante estas “forradas camufladas” que casi siempre, te dejan sin reacción, sin preparación previa. Claro, vos venís hablando con esta flaca, que te hace cagar de risa, que parece re abierta, cero drama y de pronto entre risas te dice “vos sos de las mías, medio crota, ni te arreglas”… y encima después de escuchar eso te quedas pensando “¿Qué me quiso decir?”. Estúpida, ya te lo dijo, te dijo que sos una crota, pero te lo dijo en un contexto donde “no parece hiriente” porque “sos de las suyas”, es decir ella aparentemente se identifica con tu monchez, lo que no quita que te haya dicho con todas las letras que sos una moncha. Y además te lo dijo mientras conversaban de manera casual. Te agarró con la guardia baja.

Y esto es propio de la mujer. A hacerse cargo. Decir algo, sin tomar responsabilidad. Decir cosas fuera de contexto. Sentir la necesidad de sacar la forrada en algún momento. Porque el contenido de lo que se quiere decir, se dice con la exacta carga de violencia que tiene que tener, sin ningún cuidado y sin ningún adorno. Solo que se dice dentro de un contexto donde no te lo esperas (porque de golpe estás hablando del clima y en la siguiente línea te dijeron que sos una cornuda), o se dice de cierta forma que no te esperas o te confunde (esta especie de “elogios forros”). En el fondo, porque la que lo dice, no se está haciendo cargo de lo que dice. Lo “tiro al aire” a ver si lo agarrás…

¿Lo agarraste? Yo no… por eso me sigue sorprendiendo.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Basura

Somos basura, tal como decía Brett Anderson en la canción.
Somos tan kitsch que somos de culto. Somos tan necios que somos críticos. Somos tan baratos que somos simples. Somos tan basura…
Somos tan superficiales que somos livianos. Somos tan improvisados que somos espontáneos.
Somos tan ignorantes que parecemos frescos… y jóvenes. Y no aprendimos nada de nuestros errores, negados a tener experiencia… y envejecer.
Y nos paseamos por ahí, revoloteando nuestra mugre al mundo… El vacio que nos hizo huecos. El temor que nos hizo temibles (y temerarios). El dolor que nos hizo herida y la herida que se hizo signo (y distintivo).
Será cuestión de reciclarnos. Que nuestras emociones se vuelvan biodegradables. Que la energía se renueve y recorra todos los niveles de la existencia. Que se recuperen los recursos y se reutilicen para concretarnos en una nueva tarea. O será cuestión de permitir al ciclo de la materia actuar, terminar de descomponernos y transformarnos en otra cosa posiblemente peor.

martes, 9 de octubre de 2012

Y un día llegó el aburrimiento

Y un día llegó el aburrimiento. Y junto con él, la necesidad de significar cada inútil momento. Lunes, pilates. Martes, psicólogo. Miércoles, clases de fengshui. Jueves, pilates de nuevo. Viernes, juntarse con los amigos a cenar.
Como puede uno esmerarse para tener una agenda tan llena. Tan llena y tan inútil. Como cuesta entregarse a la verdad, a la realidad del aburrimiento. De la instrascendencia.
Un día llegó el aburrimiento. Y ese día nos dimos cuenta que ya no tenemos veinte. Que la universidad paso hace rato, ni hablar el secundario. Que trabajamos de lunes a viernes, con suerte, ocho horas. Y que el ocio… el ocio hace tiempo dejo de ser creativo.
Que hay que hacer espacio a la sorpresa, porque hasta lo que nos debería sorprender esta agendado. Que hay que llevar una vida sana y comer correctamente. ¡Y también hay que leer! Porque además arrastramos la incultura del tedio. Hay que leer para contrarrestar el excesivo consumo de entretenimiento. De la tinellizacion de los medios. De la simplificación vía twitter.
Hay que estar sano espiritualmente. Hay que aprender a respirar. Hay que mandarse algún donativo de vez en cuando para tener limpia la conciencia y librarnos de impuestos.
Un día llego el aburrimiento y dejamos de ser espontáneos. Tenemos sexo, el justo y necesario. Abandonamos la pasión, convertimos el fervor en un mensaje políticamente correcto. Un día nos empezó a dar miedo la vejez. Y sus signos. Sus signos aun más.
Y entonces nos convertimos en esta humanidad fabricada. Pensar con cuidado. Obrar con un cuidado mayor. Seguir el manual que enseña la buena vida, sin excesos y en lo posible larga. No hurgar entre barreras ontológicas, pero pensarnos a nosotros mismos como espirituales. No dañarse más que el progresivo daño que tenemos garantizado (y si es posible, retrasarlo) porque tal vez la máxima verdad del ser humano, es saber que va a morir algún día. Y tal vez la ilusión mayor consiste en tener la sensación de que podemos evitarlo.

martes, 25 de septiembre de 2012

Aquellos incómodos momentos donde...

Colectivo 80. Lleno. Hora pico.
Minita rosa. Bien rosa, con moños, con flores. Naif. El pelo laaaaacio a lo Grecia Colmenares. Medio gordita. Teclea ansiosamente sobre su Smartphone. Rosa, obvio. Las uñas con glitter destellando en todas las direcciones.
- ¿Javi? ¡Felicitaciones!
- (…)
- ¡Flor!
- (…)
- ¿Cómo que Flor? ¡Flor!
- (…)
-¿Javi? Se cor… parece que se va a cortar. ¿Me escu…? Se cortó…